26/5/17

El botón de la anorexia [26-5-17]


El botón de la anorexia

Cada caso se analiza en profundidad, pero la enfermedad patente debe de ser de larga evolución, crónica y con múltiples ingresos en centros sanitarios.

Teresa, una mujer de Bilbao de 53 años de edad que padece anorexia nerviosa desde los diecisiete, ha vuelto a nacer después de ser intervenida en el cerebro con radiocirugía gamma knife, tecnología de suma precisión con la que se consigue bloquear la conexión neuronal del sistema límbico que activa la ansiedad enfermiza, daño cerebral que provoca rechazo sistemático de la comida y un tremendo agobio por la gordura.

“Era horrible… quería respirar y no podía… me ahogaba… la angustia me consumía por dentro y por fuera…  y así todo el rato, todo el rato, todo el rato… absolutamente obsesionada con la comida… mi situación era insostenible… estaba al borde del precipicio… entonces vi un rayo de esperanza. Mi médico Pepe Casas me recomendó operarme de la cabeza… y me salvó la vida”.

Las pacientes llegan de la mano del doctor Casas Rivero, experto en anorexia y responsable de la Unidad de Trastornos del Comportamiento Alimentario del mismo hospital, quien forma parte, junto a otros médicos, psiquiatras, psicólogos, nutricionistas y neurocirujanos, de un equipo multidisciplicar avezado en psicocirugía.

Cada caso se analiza en profundidad, pero la enfermedad patente debe de ser de larga evolución, crónica y con múltiples ingresos en centros sanitarios. Además, la calidad de vida de las pacientes debe de ser muy pobre y bordear la inestabilidad médica; incluso la posibilidad cierta de riesgo vital.

Teresa fue la pionera a nivel mundial y se operó con radiocirugía gamma knife a finales de 2009. Luego vinieron otras dos chicas españolas, Cristina, de 35 años, y Verónica, de 36, que está en plena fase de recuperación.

La técnica requiere una serie de test psicológicos y psiquiátricos previos, para determinar la capacidad mental, y elaborar un mapa interno del cerebro para no errar ni una milésima en la descarga. Aquí entra en juego la vanguardia del diagnóstico por imagen, desde un TAC a una RMN, pasando por una angiografía o una tractografía.

El equipo de neurocirujanos obtiene así el punto milimétricamente exacto para la irradiación; donde han comprobado que se activa la ansiedad patológica del paciente.

“Practicamos lesiones en el sistema límbico que tienen el tamaño de un grano de arroz”, puntualiza el médico. La radiación, que es cien veces menor que con otros sistemas similares,evita daños en las partes sanas del cerebro.

20/5/17

Anorexia precoz: ya hay casos de chicos a partir de los 9 años


Anorexia precoz: ya hay casos de chicos a partir de los 9 años

Crece la preocupación entre los especialistas por la baja de edad en las consultas; además de los factores biológicos y familiares, la presión social es un disparador importante


eju.tv

“Empieza tan despacito que uno no se da cuenta”, dice con desesperación Mónica, la mamá de Mili, una niña que a los 11 años atravesó una anorexia muy severa. Llegó a pesar 26 kilos. No sólo se negaba a comer, sino también a tomar agua.

Su caso no es aislado. Cada vez más chicas empiezan a desarrollar trastornos de la alimentación durante la infancia. No existen estadísticas oficiales, pero los especialistas ya atienden a chicas a partir de los 9. “Recibí en mi consultorio a chicas de 10 años que cumplían con todos los criterios de anorexia. Aunque la población adolescente sigue siendo la prevalente, me alarma el aumento de esta patología en niñas”, dice Mariela Di Lorenzo, pediatra especialista en nutrición infantil en Argentina.

Juana Poulisis, psiquiatra y autora del libro Los nuevos trastornos alimentarios, aporta que muchos niños que desarrollan un trastorno de la alimentación a edades tempranas, generalmente presentan síntomas de ansiedad generalizada, personalidades obsesivas, fobias o el desarrollo de una depresión, con anterioridad al cuadro.

A La Casita, un centro especializado en trastornos alimentarios de adolescentes y jóvenes (de 13 a 28 años), llegan cada vez más consultas de preadolescentes.

“Cuando les preguntamos a las chicas cuándo situarían el inicio de su trastorno alimentario, un número importante de las chicas responde que a partir de los 9 o 10 años”, explica Paula Hernández, coordinadora del área de Psicología de esta institución.

Reciben chicas con bajo peso y con cuadros restrictivos. Para esos casos es fundamental el trabajo interdisciplinario orientado a dar recursos a los padres para la renutrición de esa hija. “Por otro lado, con el paciente se hace un trabajo para que pueda perder gradualmente el miedo a comer y tratar las creencias erróneas que mantienen estos cuadros”, dice Julieta Ramos, coordinadora del área de Psicología de La Casita.

Según los especialistas, los trastornos alimentarios son particularmente peligrosos en los niños, porque pueden escalar rápidamente deteniendo su crecimiento y desarrollo. Además son difíciles de diagnosticar, teniendo en cuenta que el peso corporal y los requerimientos nutricionales varían según la aceleración del crecimiento. “Si un niño no come lo suficiente en plena edad de desarrollo, puede estancarse en el crecimiento de su altura, de su capacidad cognitiva y en sus órganos reproductores”, agrega Poulisis.

Para Mónica, Mili tenía algún problema en el estómago. Nunca se le ocurrió que pudiera tener anorexia. “Siempre fue una nena normal. Un día empezó a sacar la mayonesa, después las galletitas, a quedarse mucho en su cuarto mirando televisión, y cuando era la hora de comer había que insistirle mucho para que viniera”, dice Mónica en un intento por enumerar los síntomas que pasó por alto.

Había bajado cuatro kilos y eso la preocupó. La llevó al pediatra, pero los análisis dieron bien. Mili se agarró una neumonía, la internaron y le pusieron suero porque estaba deshidratada.

“Ahí ya no comía nada. Se ponía cada vez peor. El desconocimiento hace que uno gire por diferentes lados. Cuando llegó al Hospital Italiano en Bahía Blanca no podían creer el grado de desnutrición que tenía. Enseguida le pusieron una sonda nasogástrica”, dice Mónica.

En esa situación, y después de que diferentes psicólogos la atendieran, nadie le dijo a Mónica que su hija tenía anorexia. Luego de tres meses, la trasladaron al Sanatorio La Trinidad en Buenos Aires. “Estaba demasiado flaca, con los latidos muy bajos y no tomaba ni agua. Cuando le llevaba la comida me la revoleaba por la cabeza, me rasguñaba el brazo y me echaba del cuarto. Hasta se sacaba la sonda y tiraba la leche por el inodoro”, recuerda su madre.

De a poco, con el acompañamiento de un equipo, Mili se pudo ir recuperando. Durante todo ese tiempo, Mónica señala que lo que los sostuvo fue asistir a los grupos de padres en La Casita. “Escuchar lo que a otros les estaba pasando nos ayudó mucho”, agrega.

Volvieron a Pringles y tuvieron que empezar de nuevo. Hoy Milagros tiene 16 años y pesa cerca de 60 kilos. “Los padres tienen que estar muy atentos. Llevarlos al médico si detectan algo e insistir. No quedarse porque nosotros perdimos mucho tiempo y la enfermedad siguió avanzando”, resume Mónica.


Los patrones comunes

Los síntomas a esta edad son los típicos de la anorexia nerviosa: un fuerte deseo de ser delgado y mantenerse así; peso por debajo de los percentiles para su edad asociado a restricción alimentaria; falta de apetito; obsesión con mantener algún sector corporal sin tejido graso (panza chata, los muslos, no tener cola); angustia; miedo que muchas veces se convierte en fobia a volver a consumir los alimentos que fueron suprimidos del plan alimentario para bajar de peso.

En general, los especialistas señalan que suelen ser niñas autoexigentes, con un excelente rendimiento escolar, y, en algunos casos, con padres dietantes, preocupados en exceso por la apariencia física.

“Frecuentemente el trastorno alimentario en un niño se desarrolla como una forma para sentirse en control de lo que está pasando en su vida”, dice Poulisis.



Era el verano de 2016. Trini, de 13 años, bajó cinco kilos en un mes. Siempre fue muy flaca, así que ese descenso abrupto fue una agresión fuerte a su cuerpo. Al principio dejó de comer pan, yogur, carnes y cereales, y terminó aceptando sólo un poco de pescado, frutas y verduras. La única salida fue internarla, con sólo 27 kilos, para obligarla a comer por sonda. Recién después arrancó con un tratamiento de recuperación.

Fabiana, la mamá de Trini, se empezó a dar cuenta que sobraban alimentos en su casa, justo cuando ella había acortado su jornada laboral para poder almorzar con sus hijas. “Ese verano empecé a notar que cada vez que la iba a despertar la veía más delgada. Después lo comprobé en la ingesta”, cuenta.

Trini quería desayunar sólo una limonada, empezó a preparar sus propios alimentos y en su casa se vivía una lucha constante en cada comida. La llevaron a una psicóloga que enseguida diagnosticó su anorexia incipiente y empezó un tratamiento. “Fue todo muy complicado porque era una situación desconocida. Me cayó pésimo al principio. Te sentís superculpable y responsable”, agrega.

A pesar de casi no poder sentarse porque se le clavaban los huesos de la cola, Trini se resistía al tratamiento. “Ella quería estar más flaca. Y tenía una compañera del colegio que andaba con la panza chata al aire todo el tiempo y eso no ayudaba. Es una chica extremadamente obsesiva y con mucha autoexigencia. Cuando terminó de controlar todo, siguió con la comida y su peso”, cuenta Fabiana.

Este tránsito fue una tortura para la familia que hacía todo tipo de esfuerzos para conseguir que la adolescente comiera. “No te puedo explicar la angustia que pasamos en esta casa. Demoraba casi dos horas en comer un pescado y dos rodajas de calabaza. Ha estado todo el día solo con una manzana en el estómago. Yo llegué a cambiar los envases de yogures enteros a los light”, agrega.

En abril, Trini volvió a su casa pero todavía estaba muy débil. Recién se pudo reincorporar en el colegio en mayo y terminó el año sin problemas. “Fue muy importante el apoyo y la contención recibidos por esu colegio, el Centro Cultural Italiano, de las autoridades y todo el cuerpo de profesores. Hubo mucho interés en transmitir la información a los alumnos y se dictaron talleres de alimentación saludable .

Con el tiempo empezó a comer normalmente y hoy pesa cerca de 39 kilos. “Hay días en que me dice: «¿Hacemos un auto Mac?» Y no lo puedo creer. Pensé que nunca iba a recuperarse.”


La presión social

No existe una única causa para que un chico desarrolle un trastorno de la alimentación: es un “combo” de circunstancias que predisponen biológicamente, rasgos de personalidad, conflictos familiares, factores precipitantes y perpetuantes.

“Se sabe que entre los factores que ponen a las niñas y adolescentes en riesgo se encuentra la presión social por la delgadez, y que sus familias sean dietantes. Siempre el inicio es con una dieta, lo que no quiere decir que todas las personas que hacen dieta desarrollan un trastorno”, agrega Poulisis.

Todos coinciden en que existe una tendencia cada vez más fuerte por ser flaco que se irradia a través de la publicidad, los medios de comunicación, los estereotipos de éxito y, en algunos casos, el propio entorno.

“Sin duda existe una presión cultural para ser delgado. La publicidad y las redes sociales que revalorizan la delgadez como un modelo a seguir, como un estándar de belleza, sobre todo para la población femenina y más en la adolescencia. Cada vez es más frecuente ver niñas y adolescentes realizar actividad física o deportes con el solo fin de mantenerse delgados o como modo de compensación por excesos en la alimentación”, cuenta Di Lorenzo.

En esta misma línea, desde La Casita agregan que atienden muchas adolescentes que se ven gordas desde chicas y que han recibido críticas sobre su cuerpo en diferentes espacios sociales, familiares, deportivos. “Antes, las abuelas se alarmaban si las chicas eran demasiado flacas, hoy tenemos una sociedad que ha construido el ideal de belleza sobre una imagen que es casi imposible de alcanzar. Vemos cuerpos de niñas extremadamente delgadas en campañas de marcas muy prestigiosas. Estos cuerpos no son representativos, pero se proponen como ideales y para la mayoría de las chicas tener ese cuerpo implicaría perder mucho peso y no lograr desarrollarse con normalidad”, dicen.

La buena noticia es que cuando los trastornos son detectados precozmente en la infancia y la adolescencia, y se realizan intervenciones eficientes, tienen mejor pronóstico en este grupo. “Por lo que es muy importante su detección y tratamiento antes de que se convierta en algo crónico”, explica Di Lorenzo.

Desde La Casita, señalan que es importante aclarar que los trastornos alimentarios son tratables y con cura, aunque el riesgo que tienen es muy alto, incluso el de la muerte. “Para esto es importante un equipo especializado y, por supuesto, agarrar el problema a tiempo. Es fundamental que los profesionales estén informados, para una detección pronta del problema y derivación a tiempo”, concluyen.

16/5/17

Bulimia y anorexia requieren tratamiento interdisciplinario [16-5-17]


Bulimia y anorexia requieren tratamiento interdisciplinario

Los trastornos alimenticios como la bulimia y anorexia requieren de tratamiento interdisciplinario -psiquiátrico, médico internista, nutriólogo, psicólogo y familia- para lograr que la paciente se recupere, ya que por lo general padece las secuelas como desnutrición, disminución de las defensas, infecciones, descalcificación en dientes y huesos, además de aislamiento de la vida laboral, familiar y escolar, entre otros.

La doctora María Magdalena Ocampo Regla, especialista del Instituto Nacional de Psiquiatría “Ramón de la Fuente”, explicó que la anorexia nervosa se caracteriza por una restricción en la ingestión de energía que lleva a una pérdida significativa de peso, miedo intenso a subir de peso o volverse obeso, así como una alteración en la imagen corporal al sentirse gorda a pesar de estar extremadamente delgada.

Hay dos tipos de anorexia nervosa: del tipo restrictivo donde en un periodo de cuando menos tres meses la persona empieza a dejar de comer hasta que llega al mínimo, y la otra es de tipo purgativo con el uso de laxantes, vómitos, enemas o ejercicio excesivo.

La especialista señaló que la bulimia nervosa se caracteriza por episodios recurrentes de atracones en un periodo muy breve de tiempo de menos de dos horas, con un consumo del doble de lo que consume una persona de la misma edad, género y talla.

La persona tiene la sensación de pérdida de control, es decir que empieza a comer y no puede parar, seguido de conductas compensatorias inapropiadas como vómitos, laxantes, diuréticos, ayunos o ejercicio excesivo.

Para hacer el diagnóstico, deben presentarse cuando menos de uno a tres episodios por semana por un periodo de tres meses por lo menos.

Por cada 10 mujeres que presenta alguno de estos trastornos, hay un hombre que también los presenta.

Algunos estudios señalan que se han detectado conductas de riesgo en niños más pequeños y preadolescentes, pero el inicio de estas enfermedades es en la adolescencia, entre 12 y 18 años, y es muy raro que se presenten en mujeres adultas.

Comentó que generalmente estos padecimientos de conducta alimentaria se asocian con enfermedades mentales, y la más frecuente es la depresión.

En ambos padecimientos las complicaciones pueden ser mortales o dejar secuelas. De ahí la importancia de identificarlos en etapas iniciales y acudir con un médico para una valoración porque mientras más temprano se identifique la enfermedad, las posibilidades de resolverla son mayores.

19/4/17

La anorexia y bulimia desencadenan otras patologías [19-4-17]


La anorexia y bulimia desencadenan otras patologías 

Descubrir a tiempo cualquiera de las dos enfermedades es determinante para su tratamiento, además de un equipo de especialistas conformado por un psicólogo, endocrinólogo y nutricionista

Aunque no se conocen estadísticas precisas que demuestren la incidencia de casos de bulimia o anorexia en el Táchira, la especialista en Nutrición y Dietética Nancy Gómez, agregada al departamento de nutrición del Hospital Central de San Cristóbal, explicó que en la consulta pública se registra un número menor de pacientes que son diagnosticados con las referidas enfermedades.

De acuerdo a la experta, tanto el exceso de alimentos (bulimia) como el déficit en la ingesta de los mismos (anorexia) son patologías de tipo psicológico, que desencadenan múltiples consecuencias en el sistema endocrino y metabólico, hasta hacerse crónico y ocasionar la muerte.

“Cuando existe déficit o excesos en el consumo de alimentos, la mayoría de las hormonas que funcionan con el metabolismo de los alimentos, en sus diferentes grupos, empiezan a traer como consecuencia problemas de obesidad, diabetes, padecimientos gastrointestinales, hipertiroidismo, hipoglicemia, tiroides, entre otras, que a la larga desencadenan enfermedades crónicas”, dijo.

Cuando llega una persona a una etapa crónica de la anorexia o bulimia ya no hay regreso, “se genera un conjunto de enfermedades que se vuelven continuas; por ejemplo, cuando una diabetes está instalada, el paciente comienza a sufrir sus consecuencias. Si no hay cuidado y un tratamiento adecuado vienen las complicaciones como una retinopatía diabética, nefropatía, problemas cardiovasculares e inclusive se puede llegar a la muerte”. 

Alertas

Cuando una persona no siente apetito, cada día se presenta más desganado con respecto a su alimentación, se provoca el vómito o se laxan constantemente, son síntomas de alerta que deben atenderse de inmediato.

Precisó la especialista en nutrición que los adolescentes son los más propensos a sufrir de anorexia y bulimia, por lo que los padres deben estar atentos al presenciar uno de estos síntomas en sus hijos y tomar acciones inmediatas que los lleven a manos de un equipo médico especializado que ataque a tiempo la enfermedad.

Cuando se tiene anorexia, la persona que la padece empieza a dejar de sentir hambre, lo que produce que se vaya reduciendo la cavidad estomacal a la mínima expresión, y se afecta notablemente la parte gastrointestinal.

Esto sucede porque la parte central del control del organismo se encuentra en el cerebro, entonces, si psicológicamente hay un daño, la persona no siente hambre y puede pasar varios días en ayuno, hasta una semana, destacó.

Una vida poco productiva

Según la experta, uno de los daños más significativos que produce la anorexia es la pérdida de neuronas, las cuales no se recuperan. “Quien curse con anorexia va a tener muchas dificultades para desempeñar actividades de tipo administrativo, estudios o actividades que requieran concentración, ya que la base principal para el funcionamiento de nuestro organismo son los alimentos, son ellos los que nos proporcionan las energías para el desarrollo físico e intelectual”.

Por otro lado, aseguró Gómez que cuando se padece de bulimia se come en exceso alimentos no balanceados, se consumen sobre todo carbohidratos, azúcares y grasas, lo que aumenta el aporte de calorías al cuerpo, desarrollando de esta manera enfermedades de tipo endocrinológicas (sodio-potasio), ocurre un desequilibrio electrolítico; igualmente hay desbalance hormonal, lo que conlleva además a la obesidad, que trae por sí otras patologías.

Alimentación balanceada

La experta en el tema nutricional señaló que mantener una alimentación balanceada es determinante en el control de la bulimia o la anorexia. La ingesta diaria debe estar compuesta por al menos un alimento de cada grupo nutricional, de manera que la alimentación sea la apropiada, incluso en proporción y cantidad. Además adecuada al peso, talla, edad y actividad física.

La poca o nula ingesta de alimentos ocasiona carencias nutricionales importantes, falta de vitaminas y minerales, lo que trae consecuencias negativas al organismo, como caída del cabello, depletación muscular o gastrointestinal.

Cuando la persona tiene sumada a la patología de base otra afección como diabetes, obesidad mórbida, problemas gastrointestinales, hipertensión o un síndrome metabólico, la alimentación o dieta se adecuará a las enfermedades que curse.
 

13/4/17

Un estudio vincula la enfermedad celíaca y la anorexia

Un estudio vincula la enfermedad celíaca y la anorexia

Las probabilidades de recibir un diagnóstico del trastorno alimentario son mayores en las personas con intolerancia al gluten.

montevideo.com.uy

Investigadores suecos encontraron que el riesgo mayor para estas mujeres estaba presente tanto antes como después de su diagnóstico de enfermedad celíaca. La enfermedad celíaca es un trastorno digestivo en el que una persona no puede tolerar el gluten, un componente del trigo, el centeno y la cebada.

Los motivos del vínculo no están del todo claros y el estudio, publicado en una reciente edición online de la revista Pediatrics, no demostró que la enfermedad celíaca provoque la anorexia. Pero algunos médicos estadounidenses dijeron que no se sorprendieron por los hallazgos, según consigna HealthDay.

"Creo que muchos de nosotros somos conscientes de que existe la posibilidad de que los pacientes (celíacos) desarrollen un trastorno de la alimentación", dijo la doctora Hilary Jericho, profesora asistente de pediatría en la Facultad de Medicina de la Universidad de Chicago. Jericho es especialista en el tratamiento de la enfermedad celíaca.

Explicó que dado que la enfermedad requiere una atención cuidadosa a la dieta, algunos pacientes podrían terminar llevando esas restricciones alimentarias "demasiado lejos".

Por ejemplo, dijo Jericho, podrían tener miedo a que sus síntomas regresen si comen la comida equivocada, y volverse muy rígidas con respecto a su dieta.

"Sí ocurre", comentó el doctor Neville Golden, jefe de medicina adolescente en la Facultad de Medicina de la Universidad de Stanford. "Eso es cierto no solo con respecto a la enfermedad celíaca, sino con otras enfermedades que requieren restricciones dietéticas, como la diabetes tipo 1".

Golden, que escribió un editorial publicado con el estudio, apuntó a otra posible explicación para los hallazgos: a algunas mujeres con la enfermedad celíaca se les podría diagnosticar erróneamente anorexia al principio.

La enfermedad celíaca es un trastorno autoinmune, y las personas celíacas deben seguir una dieta libre de gluten, para prevenir que el sistema inmunitario ataque al intestino delgado.

Aunque la enfermedad celíaca es muy distinta de un trastorno de la alimentación, tiene ciertos síntomas en común con la anorexia. Ambas pueden provocar pérdida de peso, fatiga, hinchazón abdominal y, en niños, un crecimiento deficiente y el retraso de la pubertad.

"Diagnosticar la anorexia no siempre es fácil", dijo Golden.

Esa es la razón por la que el diagnóstico debería contar no solo con un profesional de la salud mental, dijo, sino también con un pediatra u otro médico que pueda ayudar a descartar las afecciones de salud física.

La investigación del pasado ha apuntado a unas conexiones entre la enfermedad celíaca y la anorexia, pero esos estudios han sido pequeños.

Así que el nuevo estudio examinó los registros nacionales del sistema sueco. Los investigadores pudieron analizar los expedientes de casi 18 mil mujeres a las que se había diagnosticado definitivamente la enfermedad celíaca mediante una biopsia del intestino delgado.

Luego compararon a esas mujeres con más de 89 mil otras a las que nunca les habían diagnosticado la enfermedad celíaca.

La gran mayoría de las mujeres con la enfermedad celíaca no tenían un diagnóstico de anorexia, encontró el estudio. Aun así, su riesgo fue mayor que la norma.

En general, las mujeres con la enfermedad celíaca tenían el doble de probabilidades de ser diagnosticadas luego con anorexia, incluso después de tomar en cuenta factores como la edad y el nivel educativo.

También tenían unas probabilidades más altas de recibir un diagnóstico de anorexia antes de que le detectaran la enfermedad celíaca.

El vínculo más firme se encontró entre las mujeres cuya enfermedad celíaca les fue diagnosticada antes de los 19 años. Sus probabilidades de tener un diagnóstico previo de anorexia fueron 4,5 veces más altas que las del grupo de mujeres sin la enfermedad celíaca.

Según Golden, "eso implica un diagnóstico erróneo inicial".

Jericho se mostró de acuerdo en que esa es una posibilidad. Aunque aportó otra posibilidad: las mujeres de este estudio recibieron el diagnóstico de enfermedad celíaca entre 1969 y 2008. Y hace unos años, la enfermedad celíaca estaba poco reconocida.

"Ahora hay mucha más concienciación, y los médicos son más propensos a pensar en ella", dijo Jericho.

Más allá de eso, dijo, mantener una dieta sin gluten es más manejable ahora que hace años, con más opciones disponibles en los supermercados y en los restaurantes. Eso podría reducir parte del estrés y la ansiedad que puede conllevar un diagnóstico de enfermedad celíaca, explicó Jericho.

Jericho dijo que ella y sus colaboradores están estudiando en la actualidad los niveles de ansiedad y depresión, además de las "habilidades de afrontamiento", en pacientes con la enfermedad celíaca.

Por ahora, Jericho sugirió que si los pacientes celíacos (o sus padres) tienen la sensación de que sus restricciones alimentarias se han vuelto malsanas, deberían hablar con su médico.

25/3/17

Cuando tu hija tiene anorexia, una historia desgarradora [25-3-17]

Un estudio vincula la enfermedad celíaca y la anorexia

Las probabilidades de recibir un diagnóstico del trastorno alimentario son mayores en las personas con intolerancia al gluten.

montevideo.com.uy

Cuando tu hija tiene anorexia, una historia desgarradora

Clare Dunkle y su hija Elena, quien padeció anorexia por un trauma en su adolescencia. Elena ahora está saludable.

En el 2002, cuando mi hija Elena estaba a punto de cumplir 14 años, su personalidad pareció cambiar por completo.  Se volvió tensa y callada, y desarrolló insomnio. Lo más inquietante de todo es que se adelgazó mucho y dejó de crecer.

Su creciente ansiedad parecía impedirle que se relajara lo suficiente como para disfrutar de una comida.

Los cambios que vimos en el peso y comportamiento de Elena empezaron a preocuparnos a su padre y a mí, así que la llevé con un respetado psiquiatra infantil.  Él le realizó pruebas durante horas y luego me dijo que no tenía nada de qué preocuparme.

“Tu hija está completamente normal”, me dijo.

Confié en el diagnóstico del psiquiatra, pero me seguí preocupando. Elena pareció estabilizarse, pero no recuperó su actitud alegre. Estaba molesta y cínica, y la molestaban muchas cosas de las que antes se habría reído.

Finalmente, en 2006, en el verano antes de la graduación de Elena, ella vio a otro psiquiatra.   “Es anorexia nerviosa”, dijo.  “La ingresaré al hospital hasta que suba de peso”.

En este punto, Elena estaba delgada, pero su peso superaba las directrices de la anorexia, y su actitud y comportamiento no parecían ser tan inquietantes como lo habían sido cuatro años atrás, cuando la habían declarado completamente normal.

El pediatra de Elena estaba totalmente en desacuerdo con el psiquiatra. Mi esposo y yo lo discutimos, pero no sabíamos a qué doctor creerle.

Elena, furiosa por estar atrapada en el hospital, inició una huelga de hambre. Ella perdía más peso cada día. Para cuando llevaba una semana en el hospital, su condición había empeorado. Ahora los doctores me decían que su corazón estaba peligrosamente débil. Elena tenía cardiomiopatía.

No sabía que hacer; nunca me había sentido tan confundida y asustada en toda mi vida. ¿Acaso estaba mi brillante estudiante de escuela secundaria realmente tratando de morir de hambre como insistía el segundo psiquiatra, o tenía razón el primer psiquiatra y ella era una niña normal? ¿Acaso una seria condición médica estaba ocasionándole daño a su corazón? ¿Por qué los doctores no podían ponerse de acuerdo?

Se lo pregunté a Elena mientras yacía en la cama del hospital: “¿Tienes anorexia nerviosa?”

“No, mamá. Eso es estúpido”, dijo.

“¿Estás en algún tipo de competencia con tus amigas?”, le pregunté. “¿Es esto algún tipo de dieta?”

Elena me vio a los ojos. Se trataba de mi estudiante con honores, de mi voluntaria de la Cruz Roja.

“De verdad, mamá, no es ninguna dieta”, dijo. “No tengo anorexia. Estoy bien”.

Ese verano, permanecí con mi hija mientras era trasladada de hospital en hospital y su condición seguía empeorando. Me senté con Elena en dos salas de cuidados intensivos o recorrí miles de kilómetros con ella para tratar de encontrar respuestas. Los expertos nunca pudieron explicarme qué le estaba pasando a mi hija, pero con el tiempo, sus misteriosos problemas mejoraron lo suficiente como para permitirle que regresara a casa.

Me sentía consumida por la duda y la falta de confianza en mí misma.  ¿Acaso le había fallado a Elena de alguna manera? ¿Había sido demasiado estricta? ¿Me había obligado mi carrera como escritora a pasar demasiado tiempo lejos de casa?Nadie me podía decir qué le había pasado a mi hija y qué papel había tenido en su enfermedad.


Conocer la verdad

Durante más de dos años, Elena estuvo bien, pero en 2009, bajó de nuevo de peso. Tenía 21 años en ese entonces y vivía en casa mientras asistía a la universidad. Una vez más, yo agonizaba mientras veía cómo comía cada vez menos. Cuando la confronté esta vez, ella admitió que tenía anorexia, y voluntariamente decidió ir a un centro de tratamiento a tiempo completo.

El mejor lugar que su padre y yo encontramos estaba a varios estados de distancia, así que la pusimos en un avión dos días después. Me sentí emocionada y profundamente aliviada. Finalmente, Elena estaba lista para mejorar.

Pero semana tras semana, cuando hablaba con Elena por teléfono, ella no parecía mejorar. En cambio, sonaba enojada y miserable, como si estuviera en la lucha de su vida. Y entonces, una noche, ella llamó y dijo: “Hay algo que quieren que te diga”.

El corazón me dio un vuelco. “Bien”, dije. “¿Qué es?”

Con voz entrecortada, mi hija me dijo que había sido violada cuando tenía solo 13 años.

A mi mente llegó un recuerdo de Elena a los 13 años: una niña feliz, graciosa, platicadora. ¿Violada?   ¿Esa niña adorable y llena de vida? ¿Qué tipo de monstruo podría hacer algo tan horrible?

“¿Quién fue?”, le pregunté, con una voz tan calmada como pude.

Elena no lo sabía.

Un chico mayor la había invitado a ella y a su mejor amiga a una fiesta. Se habían emocionado mucho por la invitación. Pero cuando llegaron ahí, la casa estaba llena de niños adolescentes, y no había más niñas presentes. Y cuando Elena fue al baño, la habían atacado, de manera repentina y brutal. Ella estaba en shock. No había visto su rostro.

Me invadió un sentimiento de dolor mientras mi imaginación me mostraba esa imagen espantosa: mi hija atrapada, atacada, herida. Quería estar ahí con ella mientras hablaba de estas cosas terribles, abrazarla, sostenerla… ¿pero me permitiría hacerlo?

Esa es la razón, pensé con una claridad escalofriante, por la que no soporta que la toquen. Y de nuevo recordé el abrupto cambio en su personalidad, cuando había dejado de reírse, sonreír y aceptar abrazos.

“¿Por qué le creí a ese primer psiquiatra?”, pensé. Yo sabía en mi corazón que algo andaba mal.

“¡Oh Dios, Elena!”, dije. “¿Por qué no nos dijiste?”

“Pensé que papá lo encontraría y lo mataría”, dijo abruptamente. Ella parecía estar desinteresada en la conversación, como si estuviéramos hablando acerca de alguien que ni siquiera le agradaba. “No quería que papá fuera a la cárcel. No quería que nadie lo supiera, nunca. Me escabullí… pensé que era mi culpa”.

“Elena, dije tan tranquila como pude, “¡por supuesto que no es tu culpa!”

Pero ella solo repitió, en el mismo tono de voz indiferente, que pensaba que había sido su culpa.

Y supe que, en el fondo, aún lo creía.

Una intensa sensación de dolor se estaba formando en mi pecho y me subía a la garganta para ahogarme. Escuchar acerca del crimen fue horrible, pero escuchar cómo Elena hablaba de esta forma sobre ella misma también fue horrible. Todo lo que podía hacer era repetirle una y otra vez que lo que le había sucedido era importante, que era un crimen terrible y que ella nunca debería haber pasado por ese tipo de trauma… jamás.

Pero en medio de todo el dolor, en medio de toda la tristeza que se acumuló dentro de mí y me mantuvo despierta durante horas luego de terminar la llamada, sentía un ápice de consuelo: al fin lo entendía.

Eso fue lo que sucedió, pensé. Ahora todo tiene sentido. Ahora, paso a paso, ella finalmente puede empezar a sanar.

Eso fue hace más de cinco años. Elena se ha esforzado mucho en su recuperación, y ahora vive una vida feliz y plena. Mientras aún estaba en el centro de tratamiento, me pidió que colaborara con ella en su autobiografía “Elena Vanishing”, una representación íntima de la anorexia en adolescentes. El proceso de escritura nos enseñó a compartir nuestros secretos, sin importar cuán dolorosos pudieran ser, y una vez más aprendimos cómo pedir ayuda, acortar la distancia, y apoyarnos una a la otra.

Ahora, Elena habla en nombre de las sobrevivientes a violaciones y de las víctimas de trastornos alimenticios, con la esperanza de llegar a las víctimas silenciosas y ayudar a quitarles la carga de la vergüenza. Ella les dice que yo le dije en esa llamada telefónica: esto no es tu culpa. Esto es importante y horrible. Mereces la ayuda que necesitas para mejorar.

Yo también he luchado con una carga de vergüenza. Nunca olvidaré que mi hija de trece años fue víctima de la violencia bajo mi protección, y nunca olvidaré que me dejé deslumbrar por una bata blanca para creer en un diagnóstico que sabía que estaba mal. Mi error hizo que una jovencita llevara un horrible secreto sola durante seis largos años.

Pero gracias a la fuerza y a la honestidad de Elena, yo también he crecido. Ver cómo Elena aprende a sanar me ha enseñado a encontrar perdón y a alejarme de la culpa. Por ella he aprendido a olvidar los errores… y enfocarme en el amor.

22/3/17

Pautas para detectar anorexia y bulimia en sus hijos [22-3-17]


Pautas para detectar anorexia y bulimia en sus hijos

Diego no recuerda el día, pero tenía 19 años cuando comenzó a preocuparse por su apariencia, su peso y lo que comía. Nunca estaba conforme y su inseguridad lo llevó a optar por dietas estrictas y  a realizar ejercicios que luego se convirtieron en una obsesión.

Sin saberlo, Diego se inició en la anorexia. Ahora con 26 años y aún en tratamiento, sabe que la anorexia tiene cura.

"Mi vida se había vuelto un infierno. Ya ni siquiera yo me podía sentir satisfecho con cómo me veía como en un inicio que adelgazada y me sentía bien; sino que ya no había manera en la cual yo me podía ver en el espejo y sentirme bien", reveló Diego Sánchez, paciente diagnosticado con anorexia.

En la anorexia los chicos se ven gordos y quieren bajar de peso a como dé lugar. En la bulimia se come mucho por ansiedad. En ambos casos la percepción por el físico se ve alterada.

"Son niñas o niños también (más frecuentes en niñas) que al verse al espejo se ven gordos cuando realmente están delgados", precisó Rolando Pomalima, psiquiatra infantil.

La familia y el entorno social influyen  en la aparición y desarrollo de estos trastornos. Lo principal es ejercer autoridad con los hijos, supervisión y confianza, es clave es el fortalecimiento de su autoestima.

Unas recomendaciones sencillas permiten detectar algún problema en los hijos. Esté atento a estas señales:

"Promover que las familias coman juntas. Veamos y conozcamos en nuestros hijos si van bajando de peso, si van evitando determinadas comidas", explicó Pomalima.

"El hecho de estar hablando permanentemente de dietas, de peso, de cuerpo, de comida. Una suerte de basar la seguridad en estos temas superficiales", dijo por su parte Oswaldo Híjar, psicólogo terapeuta de la institución Abint Perú.

Las personas que padecen de trastornos alimentarios saben que algo anda mal y deben pedir ayuda. Debe haber un esfuerzo no solo de los padres, los hijos también tienen un papel importante en la solución.

19/3/17

La anorexia y la bulimia son más comunes en las mujeres de mediana edad que en las adolescentes

La anorexia y la bulimia son más comunes en las mujeres de mediana edad que en las adolescentes

Haber padecido una infancia desdichada o el miedo al rechazo social aumentan el riesgo de padecer un trastorno de la conducta alimentaria una vez cumplidos los 40 o los 50

abc.es

Los trastornos de la conducta alimentaria son un conjunto de enfermedades mentales caracterizadas por un comportamiento patológico frente a la ingesta alimentaria y por una obsesión por el control del peso. Unos trastornos entre los que destaca la anorexia y la bulimia y que, si bien pueden afectar a ambos sexos, son más comunes en la población femenina. Es más; dados los actuales estereotipos estéticos, fundamentalmente provenientes de un mundo de la moda en el que impera la delgadez excesiva, sino patológica, la prevalencia de estos trastornos es cada vez mayor. Sin embargo, y contrariamente a como se suele creer, las principales afectadas por estos trastornos no son las adolescentes o las veinteañeras. De hecho, un estudio dirigido por investigadores del Colegio Universitario de Londres (Reino Unido) alerta que la mayor prevalencia de estas enfermedades tiene lugar entre las mujeres que ya han cumplido los 40 o los 50. O así sucede, cuando menos, entre la población británica.

Como explica Nadia Micali, directora de esta investigación publicada en la revista «BMC Medicine», «nuestro trabajo muestra que los trastornos de la conducta alimentaria no son exclusivos de las primeras décadas de la vida y que estos trastornos, tanto crónicos como de repente aparición, son frecuentes en la mediana edad».


Más allá de la juventud


Para llevar a cabo el estudio, los autores realizaron entrevistas a 5.320 mujeres británicas en su quinta o sexta década de la vida con el objetivo de conocer sus hábitos dietéticos y detectar la posible presencia de trastornos de la conducta alimentaria, fundamentalmente anorexia nerviosa, esto es, el trastorno de origen neurótico caracterizado por un rechazo sistemático de los alimentos, y bulimia nerviosa, trastorno neurótico en el que el afectado alterna episodios de ingesta compulsiva de alimentos con periodos de malestar y remordimiento en los que se provoca el vómito –las consabidas ‘purgas’.

Los resultados mostraron que hasta un 15,3% de estas mujeres con edades comprendidas entre los 40 y los 59 años había sufrido algún trastorno de la conducta alimentaria. Y asimismo, que el 3,6% de las participantes había presentado algunos de estos trastornos en los últimos 12 meses. Es decir, una prevalencia superior a la observada en el grupo de mujeres adolescentes o en la segunda década de sus vidas.


Es más; a pesar de que la mayoría de las afectadas reconocieron ser conscientes de su situación, menos de un 30% buscó algún tipo de ayuda o recibió tratamiento para tratar de paliar el problema.

Como refiere Nadia Micali, «muchas de las mujeres que tomaron parte en nuestra investigación nos reconocieron que era la primera vez que hablaban sobre sus problemas con la comida, por lo que necesitamos saber por qué tantas mujeres no buscan ayuda».

Finalmente, los autores realizaron una segunda tanda de entrevistas a aquellas mujeres con un historial de trastornos de la conducta alimentaria para tratar de identificar aquellos factores que pudieran desencadenar su aparición –entre otros, una infancia desdichada, el divorcio o separación de sus padres, distintas vicisitudes de la vida, la relación con sus padres, y haber sido víctima de abusos sexuales.


Relaciones interpersonales

De acuerdo con los resultados, el haber tenido una infancia desdichada se asoció con un mayor riesgo de presentación de anorexia o bulimia en la mediana edad. De hecho, cada unidad adicional en la escala de ‘infelicidad infantil’ conllevó un incremento de un 4-10% en la probabilidad de padecer uno de estos trastornos. Por su parte, tener una mayor sensibilidad interpersonal –definida como la capacidad para sentir y responder de forma conveniente en las situaciones personales, interpersonales y sociales– también aumentó el riesgo de sufrir un trastorno de la conducta alimentaria. Concretamente, cada unidad adicional en este tipo de ‘sensibilidad’ supuso un aumento del 19% de la probabilidad de comer de manera compulsiva. Por el contrario, disfrutar de una buena relación madre-hija se asoció con una reducción del 20% de la posibilidad de desarrollar bulimia nerviosa.

Como concluye Nadia Micali, «en nuestro trabajo hemos establecido factores de riesgo tempranos con diferentes trastornos de la conducta alimentaria. La anorexia, la bulimia y la ingesta de alimento ‘en atracones’ se asociaron a una infancia desdichada, mientras que la separación o divorcio de los padres pareció aumentar el riesgo de bulimia, de ingesta compulsiva y de anorexia atípica. Por su parte, el fallecimiento de un ser querido incrementó la probabilidad de recurrir a las ‘purgas’, mientras que haber sido víctima de abusos sexuales durante la infancia o el miedo al rechazo social se asocian a todos estos trastornos».

28/1/17

Cómo ayudar a una persona con anorexia

Cómo ayudar a una persona con anorexia

Tnrelaciones.com

Es importante ser honesto, directo y comprensivo. Siéntate y explica exactamente lo que has notado, sin ahorrar detalles. Dile a la persona que estás realmente preocupado por lo que pasa.

Dile que te importa y que te gustaría ayudarle. Puedes decir, “me parece que quizás tengas un desorden alimenticio o problemas con la comida”. No la acuses, condenes ni le hagas confesar. Apóyale, pero no intentes ser su terapeuta.

Sugiere ayuda profesional. La mayoría de la gente responde mejor a las opciones. Puedes ofrecerle algunas: “Podrías obtener más información en un grupo de ayuda mutua”, o “Podrías pedir hora al dietista”. Ofrécete a acompañarle para obtener ayuda.

Si se resiste a ser ayudado o niega el problema, es posible que no esté preparado para admitir que tiene un problema de anorexia o bulimia. No le ayudes a negarlo con tu silencio. Habla de las cosas que observas y que te preocupan. No puedes obligarle a buscar ayuda. Sin embargo, puedes indicarle a dónde puede dirigirse o llamar para pedir información; puedes incluso sugerir que empiece por hacerse un examen médico. Reafírmale que estás dispuesto a hablar del problema, pero sólo si quiere y en el momento que considere oportuno. No te pelees con él /ella por el tema de la comida o del peso.

Los amigos bien intencionados, los compañeros de habitación y los miembros de la familia tienden a implicarse demasiado en los problemas de la persona con anorexia o bulimia. Recuerda que los trastornos alimenticios se centran en temas de control y si intentas controlar a la persona enferma, siempre ganará. No intentes manipularla con sobornos, recompensas, castigos o culpabilidad. Ninguna de estas tácticas funciona. El apoyo es la clave.

Tanto si la persona está en tratamiento como si no, no cometas el error de intentar cambiar su comportamiento. Que sea ella quién lo haga. Es la única que puede cambiarlo. El cambio no será de la noche a la mañana. Si te implicas en exceso, puedes enfadarte y acaba quemándote.

Esto es todo lo que puede hacer un amigo, aunque sea frustrante. Sólo no podrás conseguir que la personase cure y no debes asumir esa responsabilidad tú sólo.

Si consigues que la persona se responsabilice de su comportamiento mientras la tratas con dignidad y comprensión, es mucho más probable que ésta busque ayuda e inicie el cambio.

Pautas de comportamiento familiar con la anorexia o la bulimia

La familia tiene que evitar temas de conversación relacionados con la comida, el aspecto físico de la paciente o la salud de la misma. Son temas que se tratan en el grupo terapéutico.

Los padres son las personas que deciden los menús diarios, deben abstenerse de preguntar al paciente su opinión sobre este tema.

Ignorar los comentarios o protestas de la paciente, respecto a cantidades o contenidos antes, durante y después de las comidas.

Procurar variar los menús, para que la paciente esté mejor nutrida y evitar que pueda acogerse a determinados alimentos que pueda llegar a ritualizar.

Si existen diferencias de opinión entre los miembros de la familia (respecto al trastorno), discutirlos fuera de la presencia del paciente, o posponerlo para plantearlos en el grupo terapéutico de familias o ante su terapeuta.

24/1/17

Las consecuencias físicas de la anorexia entre los adolescentes [24-1-17]


Las consecuencias físicas de la anorexia entre los adolescentes

Estar "flaquísimo" se convirtió en un imperativo para la mayoría de los jóvenes en la actualidad, y la anorexia nerviosa, es una de las graves enfermedades que se han expandido en los últimos tiempos.

Hace pocos días, se conoció un libro de una chica de 21 años, "orgullosa" de ser anoréxica. Lamentablemente, muchos lo están. Hay hasta "blogs" en Internet de enfermos que se pasan "recetas" para lograr seguir adelgazando y exacerbar todos los síntomas.

Lo que no saben, son sus devastadoras consecuencias físicas: arritmia cardíaca, tiroidismo, amenorrea, lanugo (vellosidad en el físico), descalcificación, caída de cabello, cambios de humor.
Una de las consecuencias de esta enfermedad es que desaparece la presencia de potasio y magnesio a raíz de la gran cantidad de diuréticos que suelen ingerir estos pacientes (mayoría mujeres); la baja de estos minerales produce a su vez, una cambio de ritmo en las pulsaciones cardíacas, que puede llevar a la muerte súbita.

De hecho, según la OMS entre 5 y 15% de los casos termina con este fatal destino.

Se estima que la modelo uruguaya que falleció en un desfile hace pocas semanas, sufría de esta enfermedad.

"Los casos se empiezan a registrar generalmente en la adolescencia. Uno de cada diez adolescentes en La Argentina sufre de trastornos de alimentación ". Según contó a Infobae.com la Dra. Mabel Bello, jefa de psiquiatría y fundadora de ALUBA.

Cuando una persona sufre de este trastorno las consecuencias físicas son varias: " el organismo de los pacientes con anorexia hace un retroceso en todas sus funciones" explicó Bello.

"El pelo y la piel se secan. El pelo se cae, sobre todo en la parte frontal, y como consecuencia de esto la frente se vuelve más ancha. También, la falta de electrolitos hace que se produzcan calambres", asegura la especialista.

"Los órganos se reducen de tamaño y en consecuencia se vuelven más deficientes en su función. Baja la temperatura corporal, por lo cual muchas veces aparece el típico lanugo en todo el cuerpo (vellosidad), este es un mecanismo que el organismo genera para mantener la temperatura. El cuerpo se pone en alerta, en situación de emergencia como respuesta a las carencias en la alimentación".

"Otro importante efecto es la descalcificación que trae como consecuencia la fractura de huesos y osteoporosis precoz en estos pacientes. También aparece la amenorrea (alteración en el ciclo menstrual) y hay predisposición a infecciones debido a las bajas defensas en el cuerpo".

Sobre el reciente caso de la muerte de la modelo uruguaya, la Dra. Bello señaló que "tanto el padre como el novio tenían razón: el novio decía que la modelo comía mientras que el padre decía que no lo hacía en su casa. Esto se debe a que seguramente si se alimentaba en situaciones sociales, en donde todos la veían".